El tiempo importa, pero sólo vale cuando vivimos el momento
Llevo dos meses de parón con la máquina de escribir. Tras el intensivo esfuerzo de editar en papel los prototipos de tres libros de relatos escritos entre 2016 y 2025, de probable e incierta publicación para la venta en un futuro, queda en el momento presente la satisfacción de haber dado a luz -si bien por ahora en la intimidad- a estos tres hijos literarios, que se añaden a otros anteriores. Ya el escribir configura en la casa de mi vida una habitación definida como el caminar o el ajardinar, espacio vivencial más o menos frecuentado en función del trasiego del torrente vital interno. Escribir es crear, es desahogo y/o catarseo, es acceder a vidas alternativas, es colorear el mundo a mi manera, es aprender a estar conmigo en soledad, etc.
Cada etapa recorrida en la vida da pie a pararse un rato, antes de decidir que nuevo itinerario incorporar y cuanto modificar los ya existentes. Por ejemplo, tras un parón de seis años, hace poco más de un año regresó sin buscarlo el mundo de los juegos de mesa, gracias a la propuesta de un amigo que vive cerca de nosotros. Estos últimos días de frío, he estado incursionando por vez primera en el huerto fértil de los tutoriales de juegos de mesa que medran por la red. Y, como en tantas otros territorios de la vida, hay mucha diversidad y personajes de muy distintos pelaje.
Esta fase con bastantes sesiones de juego de mesa coincide con una etapa de vida donde estamos tomando mayor consciencia del hecho de que la propia existencia es también un juego, pero de otro nivel, más relacionado con la vida como sueño como diría el dramaturgo Calderón de la Barca. De ahí, que jugar a juegos de mesa nos brinda otro enfoque para mirar la vida de otra manera, aprendiendo a ser mejores jugadores de la existencia a partir de extraer jugosas conclusiones observando como uno juega en el tablero de cartón.
En cualquiera de ambas modalidades de juego, la victoria puede tejerse en un momento, y esto depende de la pericia del jugador por no atascarse ante cualquier desafío, sino estar lo más despierto posible, jugar la baza con destreza y tirar pa'lante. Todo ocurre en un momento, mas lo fundamental es no quedarse paralizado -como la mujer bíblica al volver la vista atrás- y moverse, avanzar. Como dice el siguiente poema (de un poemario por ahora inédito), demos alas a la frescura y a la inocencia. Nos vemos en el post que sigue. ¿Cuándo? Quien lo sabe...
Un nuevo juego
El día renace gentil./ Porta en su zurrón fecundo
oportunidades frescas,/ ofrecidas sin más.
Nos insta, juguetón, a una nueva partida
en el grácil tablero del mundo.
No pide,/ no exige nada.
Tampoco aguarda./ Lleva una eternidad sin fin,
prendido de la rueca del Tiempo,/ sugiriendo te acerques
al Juego.
Sin limpiar la mirada,/ pareciera lo mismo de nuevo,
envuelto en brillante celofán:/ Aburrida fanfarria caduca,
sempiterno circo/ de las vanidades humanas,
ebrio de sí mismo.
Mas con otro tino,/ preñado de inocencia,
el jugador niño/ distingue un brillo diferente.
Un latir fresco,/ matriz de alegría motriz,
que atrae y seduce.
La mesa rebosa presente,/ convoca a Recordar con entusiasmo.
Tome el jugador cumplido asiento,/ invoque a las musas y al destino,
a la diosa Fortuna con tiento./ Presto una partida más:
Echa a rodar los dados.

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